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Finde


Al abrir los ojos, su chica salía del baño hacia la cocina. Desnuda atravesaba el departamento apurada y con pies descalzos. El calefón se había estaba apagado y ella quería ducharse antes de salir. No hacía dos horas que habían llegado y ya se estaba preparando para ir a caminar. A Camilo no le quedó otra que levantarse, sobrellevando el dolor en sus piernas, y ponerse la camisa hawaiana que lo hacía sentir un turista más. El atardecer cruzó entonces el monoambiente desde la ventana. Entre los recuerdos del partido de fútbol de la noche anterior y los gemidos del viaje, encendió otro cigarrillo.
Mar del plata seguía igual ese fin de semana largo. Tomándole la mano para que no se ofendiera llegaron pronto a la Bristol. Algunos se metían al mar a pesar de los nubarrones, otros hacían tiempo antes de meterse de nuevo a jugar al casino, los más jóvenes convencían a sus mujeres de tomar el primer trago, con la esperanza de llevarlas a la cama antes de medianoche. Se sentaron en las escaleras a compartir.
Él pensaba en Buenos Aires cuando la vieja gitana llegó mascullando frases de buenaventura. Los tórtolos solo se miraron risueños. La gitana insistía con su speach prepotente. Camilo no dejó de mirar el horizonte hasta que la vieja dijo:-Tenés mucha envidia. Entonces fue que sacó su billetera ante la sorpresa de su compañera. Dos pesos. Tres pesos. Y salieron a caminar por la feria.
El tumulto de los pasillos se mezclaba con el murmullo de los feriantes. Camilo, desganado, caminaba impaciente delante de ella. Ambos se detuvieron en un puesto de libros. Pero pronto, aburrido él volvió a adelantarse. Y, combatiendo su neurosis, se detuvo ante un nigeriano (o algo así). Inquieto esperó que éste despachara un cliente y le preguntó por un par de anillos que sabía que en una semana se despintarían.
Fue entonces que giró sobre sus pies adivinando que ella ya estaba allí. Y le propuso matrimonio.

El balcón

Pedro esa madrugada salió al balcón. No era la primera vez que lo hacía, pero esta vez necesitaba sedar su culpa. Ya se había acostumbrado a reprimir su imagen estampada en el asfalto, pero aún así el vaho de angustia lo acongojaba.
Llenó sus pulmones del frío aire otoñal. Aspiró profundamente su cigarrillo y miró de reojo a su amante, que cocinaba algo. Pensó que su melancolía se borraría cuando concentrase la mirada en el transito y los faroles.
Se sentó en la única silla que había allí y volvió a aspirar el humo. Su estómago crispado y el dolor en su pecho no lo abandonaban. Las luces a lo lejos se mezclaban. Y el viento marchitaba a las pocas personas que aún estaban caminando por la avenida. En su cabeza, sin embargo, retumbaban las palabras de otra mujer.
-Sos un asco- le había dicho Paula, la chica nueva del trabajo. Atrás quedaron momentos más agradables, cuando ella lo admiraba aún. Tanto lo había admirado que llegó a confundirse. Nadie en la oficina se enteró que ella dejó a su novio en la puerta del registro civil por él. Y nadie se enteró que él sintió cosas también. Pero todos sus compañeros se preguntan por qué no se dirigen la palabra, o por qué ella le grita cosas cuando se encuentran junto a la maquina de café.

Pedro se dio cuenta que la melancolía seguía carcomiendo sus carnes. Nada anestesiaba su dolor. Pensó entonces en volver a casa, dejar a su jefa allí, con la tarta en el horno, semidesnuda, vital. De hecho no tenía hambre.
En su casa lo esperaba Alicia, su amor, esa mujer de rulos ariscos y sonrisa brillante. Quería ir, sacarse en serio toda la mufa de otro día de mierda. Prender la tele, acurrucarse junto al cuerpo tibio de su compañera y fumarse un porro hasta dormirse. Todo, pero absolutamente todo, hasta sus amantes, solo tenían sentido si podía acariciar el rostro dulce de la única mujer que creyó en sus fantasías y recuerdos. Pero no podría ya.
-Sos un asco- volvió a decirle el fantasma de la chica nueva- sos un asco, me das lástima. Tenía motivos para decirlo, aunque ella no los sabía: mentirse con las sonrisas cómplices que creyó ver en Paula para no aceptar que todo con Alicia se terminó, que nadie lo esperaba en su casa, que pronto ya no sería su casa, era un buen motivo. Pero nadie lo escuchaba. Nadie comprendía. El de Seguridad lo miraba extrañado cuando vomitaba su pesar, sentía pena, pero no lo entendía.
Quiso gritarle a la calle, volver el tiempo atrás. Que los sueños de cunas y curas puedan hacerlo seguir caminando. Pero era un tipo razonable. Él arruinó todo, y debe hacerse cargo de sus propias huellas y sus propios demonios. Quiere, no quiere, duda, fuma, y entonces sollozó a escondidas.
Miró la calle, su imagen estampada en el asfalto le sonría. Miró el cielo, la compañerita despechada en el pasillo lo escupía. Miró hacia la cocina, y se levantó para abrazar a una desconocida. Lloró entonces como nunca. Perdió a la mujer de su vida. Temió volver a atrás, diez años atrás.

Cheveló

Recién en su tercer día de trabajo Cheveló se convenció que esa escuela era una más: una escuela-invento de los `90. Sin embargo, en ésta, afortunadamente los estudiantes no acuchillaban compañeros o golpeaban maestros.
Como en las anteriores, Gerardo Cheveló, epiléptico, no tenía donde justificar sentarse a tomar un té. La portera titular -la fortuna lo acompañaba una vez más- le había aconsejado que cuando estuviera harto de limpiar mugre ajena, se escapara al patio fingiendo que barría. Le haría caso.
Por esas cosas de la vida, o de tener que deambular de escuela en escuela hasta que la puntera del sindicato se apiadara de él, ya conocía a la titular. Y por ello le creía a esa mujer, de esas que fingía trabajar, o mejor dicho creía que su trabajo era chuparle las medias a la directora de turno (o director, caso más embarazoso de por sí).
Gerardo tenía otro consuelo. Era una “ECV”. Y como tal, reforma mediante, convivía con el polimodal ¡Vaya uno a saber si esos engendros lograrían tener edificio alguna vez! Lo importante era que, como el viejo film italiano de los obreros al paraíso, nuestro Gerardo (porque ya es nuestro este muchacho con el cual Yahvé, Alá, Mazda -o quién sea- se había ensañado furibundamente) tenía mujeres-niñas con quién distraerse. Y de todos los colores, pesos y estaturas.
Desde el primer día sus ojos, hambrientos, disimulaban cuando miraba el culo, las tetas o simplemente los labios de alguna de las niñas-mujeres que asistían al colegio. Pero, fastuosidad platónica si las hay, había “elegido” a una. Ella, si sus cálculos pedófilos no lo engañaban, tenía quince años. Aún no sabía su nombre pero, ya al mediodía de ese tercer día, la había tomado de su cintura (que seguro medían algo así como 63) y la había besado en sus labios fingiendo ternura.
Gerardo no podía esperar mucho de la vida. Las siete plagas (modernas) estaban encarnadas en él: presente epiléptico, padre suicida, madre abandónica, ojo tuerto, cuerpo flacucho y entendederas cortas -un par de cosas- lo acosaban diariamente. La bonhomia era entonces su principal regalo divino.
Cheveló cada día de su vida pretendía llegar a la noche agotado, para no transitar lo único que un humano promedio puede controlar: esos minutos que pasan entre el momento en que se apoya la cabeza en la almohada y el momento en que, agobiado de sueños o recuentos, uno se duerme. Cortaba el césped de la vecina, hacía los mandados de otra más joven, barnizaba el quincho de su madre, caminaba alrededor del hipódromo varias veces al día. Y ni hablar de las puercas seis horas en las escuelas en las que le tocaba estar. Había sufrido veintisiete años ¿cuánto más debería soportar?
El tuerto, que ni siquiera se enojaría si se enterara que cuento lo que pude compartir con él, estaba contento de este nuevo trabajo. A pesar de que el cura tano, nonagenario y comeajo con el que se confesada semanalmente lo había absuelto, un poco de culpa todavía sentía de usar niñas de diez para sus nocturnas imágenes orgásmicas. Ahora era casi legal desnudar los cuerpos más sensuales.
Gerardo había elegido a una chica que cursaba en el aula junto al baño de varones. Una que no bajaba la mirada cuando sus miradas se encontraban, y pasaba varias veces al día frente a él. Inevitablemente las ilusiones afloraron y empezó a sonreír genuinamente, hasta aquella tarde.
Uno de los últimos días de calor eligió limpiar los vidrios del pasillo ancho. Había dejado para el final el más cercano al baño de las mujeres, para acercarse a un grupo que había entrado. Cuando vio a una de ellas le pidió que no tirara las colillas al piso. Detrás de ella apareció su niña y le dijo: No estamos fumando.
Entonces Gerardo se dio cuenta que era una niña nomás.

Escena otoñal

Tal vez los silencios de horas no fueron más que la condición necesaria para que pueda sentarse a escribir, a escribirle. Hacía mucho que no escribía una carta, o mejor dicho hacía mucho que no le escribía una carta a una persona de emociones concentradas.
Anestesiado esperó, entre agónico y henchido de vida, las palabras que marcaran este otoño, en tiempos en que se abre el cielo. Y escribió mientras tanto:
Perenne melancolía de otoño,
las hojas en el patio, el viento bajo la puerta;
y una brisa austera que mira.

Ocurrieron miles de emociones en horas, tantas que no recuerda, un vértigo de fiaca placentera, Resistencia suburbana, y ella. Incertidumbre. Con la sensación de estar demasiado lejos de ella… ¡Mil cosas que quiso decirle! (y pareció una canción Sergio Denis).
Está de pie. A duras penas escribe a mano. Pone un disco de Fito Paéz (¡hace cuanto que no lo escucha!). Frase hecha: agua bajo el puente.
Mira al espejo y no se gusta. Mañana sería.Pero no fue. Y ya no escribió a mano. Solo lloró a pesar de saber que ella lloró también.

Lo hice...dos veces

Tomo las llaves de mi bolsillo, la coloco en la cerradura de la puerta de mi casa y entro. Me dirijo a la cocina y agarro el cuchillo más grande que encuentro. Traspaso el living hacia el dormitorio de mi madre y, ya ahí, la acuchillo solo una vez, en el corazón. Seco mi transpiración. Limpio el “arma homicida” en mi pañuelo. Salgo a la calle rumbo al puerto. El muelle está oscuro y vacío. La luna sonríe como siempre. ¿Y ese policía? cree que estoy loco. Mejor escapo. Soy un fugitivo feliz. Lo hice...

El viejo reloj de la estación marca las doce, pero dudo que funcione. Espero el tren entre la oscuridad. No estoy solo. En el otro extremo del andén -de espaldas- una mujer de piernas excitantes; una mujer atractiva...y sola. Es mi oportunidad, nadie vería mis pasos.
Camino hacia ella y, tomándola del brazo, la giro. Es un rostro conocido. No importa. Le tapo la boca y, frunciendo mi ceño, siento como el cuchillo se une a su cuello. Segundos después, un chorro de sangre moja el suelo y mi ropa. Entonces caigo de rodillas, aterrado.
El mundo comienza a girar a mi alrededor, mi presente se torna difuso. No se si es una alucinación pero veo un cuervo mirarme desde un molinete. He acabado. Ella no representa a nadie, pero el haberlo hecho nuevamente representa mi karma. Tan solo me queda sentarme junto a su cuerpo tibio y esperar algo interesante, cualquier cosa.
Amanecerá en dos horas. La sirena policial me aturde aún más. Me levanto y camino hacia esos gordos oficiales que también se acercan. Entre la confusa niebla y un mar de caras recriminadoras (no pregunten como aparecieron), lloro al sentir las esposas en mis muñecas. Estoy angustiado. La bocina del tren estalla en mi cerebro. Las vías están muy cerca. No lo voy a hacer. Merezco mi condena, lo hice otra vez...
(1996)

Film Zero

El cuartucho danzaba entre alguna fragancia extraña y el humo de la marihuana que fuman el Mexicano y el Corto maltés. El cigarrillo de tabaco y químicos tan solo distrae la atención del cenicero, jenízaro de quién quiere acusarlos con cara y mundana moral.
En la TV, una road movie de mala calidad intenta estupidizar a la juventud. Ellos declaran su independencia, lágrimas y pateticidad. En realidad nunca se debe cargar un fierro sin balas, y nunca se debe apuntar a alguien si no estás convencido de que vas a poder disparar.
El Mexicano abre la heladera para buscar el vino que había visto una vez, el Corto maltés le grita que ya no hay.
- ¡¿Cómo que ya no hay, manito?! Si había medio cartón...
-No. ¡Estás bien pacheco, mexicano!
La parejita fugitiva ya se ha formado por culpa del limadito que ya hizo macanas; y el necio del guionista que siembra moralejas. La niña mala y bonita huye por el rebelducho que le propone casamiento. No creo en el cuento que dice que si fuera tu último día seguirías haciendo lo que hacías (Borges me humillaría).
Corto maltés no quiere pensar en su presente, al Mexicano eso no le importa, lo irrita la languidez.
- Contame sobre tu viaje a Nepal...
- Fue alucinante ¡no sabés! El pelig...
- Era joda, che

Al limadito lo atrapan los malos, estereotipados y cocainómanos, lo torturan y después se drogan con él; Flash bien road. La parejita llega a lo de mamá pistolera y papá, gurú tan solo para que el guionista baje otra soga moraléjica. En la balanza de la historia tienen los hijos de quienes tuvieron (soga en mi cuello).
El Corto maltés deambula por el cemento tratando de cumplir sus sueños, el Mexicano fuma marihuana para poder decir algo que suene importante.
-El tonto ahora es malo, los cocainómanos murieron en sus entrañas...
-El mal con el mal se paga...
-Dime con quien andas y te diré quién eres...
-Al que nace barrigón es añudo que lo fajen...
-A rebuzno reprimido, agricultor asustado...
- ¡¿Eh?!
- Que a rebuzno reprimido, agricultor asustado...
- ¿Y que quiere decir eso?
-Dejá. Ya no importa.

El policía retardado es muerto por el tonto malo, que termina apuntando a la parejita de este flash hacía un paisucho caluroso.
-¡Viva el tercer mundo!¡allí no hay ley!
El Mexicano se enciende otro cigarrillo. Corto maltés piensa en el día de mañana. Alguien susurra otro cliché imitador de aforismos.
-Un amor y una cuarenta y cinco no son la llave de nuestra celda, no alejan a nuestros demonios. Son el cencerro de ella y su ventana enrejada, que deja pasar la luz del sol y la sombra del patíbulo en el patio de la prisión.

-¡Corten! Wilfred, ¡te dije mil veces que pusieras cara de soñador, no de idiota!
-Lo siento dire...
-Bueno, bueno, no llores. Volvamos a la acción.


Corto maltés apagó la TV. El Mexicano buscó el vino en la heladera.
- Che, ¿en serio que no hay más vino?

(2001)

Iván, historietilla de un villero

Ivan Zalazar era un muchacho más de los tantos que inundaron los pasillos de la villa durante su adolescencia. Se paraba noches y días enteros en alguno de ellos junto a sus amigos. Se embriagaba o gemía piropos a las chicas que, zarandeando sus caderas, pasaban delante de sus ojos. El tiempo se enterraba bajo las baldosas escritas con el nombre del Intendente de turno. Poco a poco se había ido quedando solo, sus sombras desaparecieron tras la marginalidad; el súper Yo empedró sus caminos hasta la parca, las celdas o un cartón. Poco a poco fue comprendiendo la necesidad de levantarse, su destino no estaba marcado si se alzaba junto a otros; quería salir de la miseria, la mierda de los perros y el barro en sus zapatillas viejas.
Ya tenía veinte años, recordaba aquél pasado sin cicatrizar. Aún vivía en la villa, estaba desocupado. Había dejado las drogas, el alcohol y de pintar para el PJ por unos gramos de poder. El reloj resucitaba de entre las baldosas. Su padre y hermano menor ya habían muerto en la obra en la que trabajaban, su madre no dejaba de fregar mugre ajena para sobrevivir. El mencionar donde vivía le cerraba las puertas donde hubiese podido dejarse explotar.

Ese 20 de Diciembre, colándose en el tren, fue hasta la plaza de Mayo. Ya atrás había quedado el supermercado del día anterior. Por fin desayunó con galletitas dulces. Ahora iba por todo. Marchó. Combatió. Hizo retroceder a la policía. Se sintió bien. Tomó el toro por las astas. Pero no le alcanzó, o mejor dicho, solo lo alcanzó una bala de la reacción. Y murió. Pero esta vez no fue como con sus amigos de la adolescencia. No solo sus madres y amigos lo lloraron. Los explotados lloraron por él. Sobre sus huesos juraron vengarlo.
(2001)

El cómico

El renombrado teatro de la calle Corrientes estallaba sin cesar en unánimes carcajadas. Él, el comediante más afamado del país, hipnotizaba con chistes a su amado público. Mientras, a su alrededor danzaban mujeres voluptuosas, iluminadas por las luces de la ciudad, que imponente se erguía en el decorado. Caminaba de un lado al otro del escenario, gesticulando con sus manos y su voz rasgada. Los fantasmas se alejaban. Buenos aires en todo su esplendor.
Finalmente, la gente aplaudió al compás de la música que anunciaba el final del espectáculo. Todo el elenco salió a saludar. El telón se cerró para volver a abrirse; él únicamente volvió a gozar de ese elíxir orgásmico.
-Gracias, muchas gracias…- repitió por enésima vez.
Al cerrarse el telón nuevamente, caminó hasta su camerino, se sentó frente al espejo, encendió un cigarrillo y -paciente- dejó que su asistente le sacara el maquillaje. Hacía tiempo que le resultaba pesado.
-Hoy casi me caigo de nuevo...
- Estuviste genial, Alberto
– lo consoló Nora, su asistente.
- Sí…ese último chiste es maravilloso- sonrió melancólico.
- Maravilloso…y la próxima función va a estar mejor.
- ¿la próxima… función?
- ¡Claro! tenés otra función…
- ¿Por que me demaquillás entonces?
- Siempre lo hago, Alberto. Te demaquillo porque el calor de los reflectores te lo dañan…¿pasa algo?

Se levantó, salió del camerino y entró al baño.
-¡¡…otra función, otra función!!- suspiró- ¡¡otra función, otra función!! – repitió varias veces frente al espejo. Más animado, regresó al camerino.

El telón se cerró, y él caminó por el lúgubre pasillo hasta el camerino.
- ¡Genial, Alberto!!- le dijo el productor, obstruyéndole la entrada- ¿para la segunda parte vas a contar el mismo chiste final de la función anterior?
El cómico más afamado del país lo miró con una mezcla de asombro y miedo.
- ¿Qué pasa Alberto?!! Te noto ido, ¿estás bien?- inquirió preocupado.
- Sí, sí. Estoy bien.
Abrió la puerta del solitario camerino y se sentó frente al espejo. Estuvo unos minutos en silencio y luego dijo:
- ¡Segunda parte, segunda parte! …¡¡Qué se vaya a la puta que lo parió!!
Desde afuera una voz le avisó- ¡En diez minutos a escena, Alberto!
Quiso mirarse de nuevo al espejo para animarse. Tanteó el fondo de su bolsillo y comprobó que estaba vacío. Empezó a transpirar. Un nuevo grito le avisó que le restaban dos minutos para entrar a escena. Se levantó queriendo salir a la calle. Estaba desesperado. El productor, al verlo, lo detuvo:- ¿Que te pasa? Decime que te pasa…
Alberto lo miró angustiado. Entonces, el productor, comprendiendo, le dió una mano. El afamado cómico sonrió, corrió a su camerino nuevamente y, mirándose al espejo repitió lo que ya había dicho, tras bambalinas, el productor: -El show debe continuar…
(1997)


Donato

El sol brillante de esa tarde de verano excitó aún más al hamster que, desesperado, buscaba escapar de la rueda. Ese era el maquiavélico juguete que más le gustaba a Donato; tanto que lo hacía aplastar su nariz contra la pecera día tras día, noche tras noche. Lo satisfacía ver como existía un ser más insignificante que él.
-¡Cuanto le gusta a Platón jugar en la rueda!- decía acomodando por enésima vez sus anteojos.
-¿Seguro?- le había preguntado una vez un contertulio ocasional.
-Seguro ¿no ve acaso usted como disfruta ejercitando sus piernas? ¿no ve acaso usted como sus bigotines se mueven al borde del éxtasis? ¡¿es acaso usted ciego?!
Donato era así. Observador como pocos. Los años como profesor secundario habían desarrollado en él una particular capacidad para descubrir los sentimientos y pensamientos que albergaban las personas y los animales. Pocas veces se equivocaba. ¡Es más! Con cuarenta y tres años recordaba solo tres errores. El primero había sido no animarse a probar suerte como jugador de fútbol en su amado Platense. El segundo había sido haberse divorciado -luego de nueve años- de su mujer Sandra. El tercero había sido haber perdido catorce años de su vida militando en el radicalismo. Pocas veces se equivocaba.
Esa tarde estaba impaciente. Platón hacía dos días que no comía nada y su hijo Lautaro -de dieciocho años- hacía más de seis semanas que no escribía desde algún lugar de Latinoamérica, la cual recorría junto a dos amigos como mochilero.
-Pá, quiero irme a recorrer Latinoamérica como mochilero.- le había dicho en el café de la esquina ese atardecer del 8 de Agosto, dos días antes del cumpleaños de su ex-mujer.
- ¡¿Cómo?! ¡Es muy peligroso!. Quizás en mi época sí; porque, más allá de todo lo que hicieron los milicos, mantenían las rutas seguras. ¡Encima como sos vos! Yo era más tranqui.
-¡Y yo no me llamo Donato Nicolás Bongiorni, viejo! Necesito hacer ese viaje, lo necesito...
-Bueno...
Donato era así. Padre como pocos. Los años como profesor de Educación Cívica le habían enseñado a valorar los pensamientos y las necesidades de los adolescentes. Decía que sin jóvenes formados no había futuro para el país. Siempre valoró su fuerza mental cuando se rompió la pierna y supo que no podría jugar nunca más al fútbol. Siempre valoró la paciencia de Rosa ante sus eyaculaciones precoces que lo atormentaron en sus primeros años de actividad sexual. Siempre valoró las acciones de los estudiantes en defensa de la educación pública. Él no dejaba de repetir que sin jóvenes instruidos no habría futuro para el país.

Fue una tarde diferente. Desde el televisor Sharp se reflejó una extraña melodía luminosa anunciándolo: Sartre, el gato, se enrolló en un costado del pasillo, como un viejo portero del infierno esperando que alguien osara atravesar la puerta a la calle. La vecina del fondo continuaba con su enceradora, como la brutal agonía que atormentaba al vidrio de la mesa del living, herido por trazos de la nostalgia. Y Platón muriendo repentinamente.
- ¡¡Qué lo remil parió, che...! !Se murió Platón.
Acto seguido caminó hasta la mesa, alejándose del ventanal, y encendiendo un Jockey hojeó el diario buscando los clasificados para -ceremoniosamente- agarrarlos y tapar con sus páginas a la mascota, tiesa pero aún tibia, con sus ojillos vengadores mirando al futuro. Futuro que a Donato le empezó a preocupar desde ese instante, hablando frente al espejo improvisado en la mesa.
- Ha muerto un amigo, una parte de mí, un poco de mi pasado, estos últimos dos años en los que mi país se incendia poco a poco.
Fue una tarde diferente. Cuando encendió la TV ella mostraba a un pobre comerciante coreano (o chino) llorando como cerdo, embebido en una danza bizarra con hambrientos y punteros, policías y periodistas, perros y nubes de sudor. Donato se excitó, agitando sus brazos y pitando profundamente su cigarrillo. Sonreía como preocupado.
(2001)

El hombre

Presuroso, el hombre abrió la puerta de vidrio. Al entrar al cine, comprobó que estaba lleno de personas extrañas, un bullicio inundaba cada rincón. Mucha gente para un día de semana -pensó.
Se sacó el piloto y dejó que la lluvia que había alcanzado cayera sobre el hall. Luego se lo volvió a poner. Hacia frío. Los charcos de agua que dibujaban desconocidas formas sobre los -hasta hace poco- brillantes baldosones, hacían que el húmedo sopor se mezclara con la angustia de aquéllas personas. La imagen del templo cristiano lo asustó un poco.

El hombre, cuarentón, caminó entre el laberinto hasta el baño, el cual había ubicado primero mirando sobre ese mar de cenizas y estrellas. Caminó hasta el baño, entró y se ocultó sobre el inodoro más lejano; fetal y sudoroso exaló fingiendo tranquilidad. Esa era su isla, con playas de papel higiénico y aguas anaranjadas. Allí estaba, solo, temeroso e irascible; con fuego en su interior. El vino barato también le caía mal.
Quiso fumarse un cigarrillo. Buscó uno en el bolsillo del piloto. Puta- exclamó entonces al darse cuenta de que estaba demasiado mojado. Pero igual esbozó una sonrisa; arrugado y rancio pudo llevarse un cigarrillo a la boca. Aunque no le duró demasiada: no tenía fuego. Tendría que salir.

El hombre, barbado y de blanca camisa taiwanesa, se levantó y salió nuevamente al hall. Allí las voces, excepto una, ya se habían callado. Esa voz -seca y bien vestida- gritaba, gemía, condenaba o adoraba. Se detuvo tan solo unos minutos para oír más atento. Luego siguió avanzando entre la gente, repitiendo: -Afuera hay fuego, donde la ciudad se embebe con el óxido del éxodo.
Salió a la calle, donde ya poca gente deambulaba; donde ya casi no llovía. Caminó hacia la persona más cercana, que esperaba el colectivo. Le pidió fuego. Ella no tenía más que lindos pechos. Le preguntó entonces al otro miembro de la cola, un muchacho que de reojo se la vio venir. Éste si le dio.

El hombre, esquelético, moreno y de negros jeans gastados, aspiró profundamente y miró a ambos lados de la calle. Luego cruzó hacia otro lugar. Pensó en el bar, pero estaba cerrado. Hasta las ocho no abría. Pensó entonces en la casa de Alina, ella debería estar. Más sereno, aminoró su marcha.
Caminó unas cuadras, meditabundo; hundiéndose en lo más profundo de sus ideas. Al llegar frente al viejo edificio se detuvo y tocó el portero eléctrico. No lo atendió Alina, sino otra voz femenina que le indicó:- Alicia vive en el 3o D, este es el 3o C. Tocó en el 3o D. Alina le pidió que lo esperara. No tuvo tiempo para preocuparse, ella no tardó en bajar.

El hombre, cuyo documento decía que se llamaba Aurelio Molinari pero que el barrio -ya olvidado- había bautizado como “Perico” por su nariz aguileña, entró al ascensor junto a quien decía ser su amante. ¿Que te pasa?- le preguntó ella antes de besarlo. Él no contestó.
Entraron al departamento. Él se echó sobre el sillón. Ella desapareció tras unas cortinas hindúes. Recién entonces reparó en los cambios que ella había hecho. Le gustaron. Esa habitación regaba de placer sus sentidos. Buscó otro cigarrillo. Recordó nuevamente que no tenía fuego, y que tenía miedo. ¿Se lo decía o no?. Lo haría.
El hombre, cristiano y feo, eligió pararse al verla regresar.
-¿Que te pasa?- insistió ella.
-¿Te acordás del billete de lotería que compré a medias con mi hermano?...- Ella sonrió. Él restregó sus manos neuróticas- ...salió ese número...
Ella volvió a sonreír y lo abrazó.
- ...y mate a mi hermano para quedarme con todo.
Las sirenas se oyeron a los lejos. Él volvió a huir, esta vez por los techos.
(2002)