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2000

EL MENDIGO
(o retazos de una sociedad decadente)

Holmes, en medio de la villa farandulera,
dudaba si el opio era bueno. Watson le contestó:

- Piensa: Zona humilde y potencialmente subversiva;llena de cabecitas negras que están atrapados en una realidad que les es adversa,
que aún no tienen conciencia de su clase...
- Buen opio.
- Elemental, mi querido Holmes.



I
Las torres del palacio se levantaban como dinosaurios que devoraban sus propias colas. Las lunas rechinaban contra un arcón. Semillas luchaban por su existencia desde un vasito de yogurt.
El mendigo entró a la alcoba y recorrió lentamente con su mirada la amplia habitación. Se detuvo ante la enorme cama de sábanas de seda y sangre de gallinas muertas, y se estremeció al descubrir sobre ella una niña de unos quince años que, totalmente desnuda, jugaba con su larga cabellera negra y se perdía tras las estrellas con su brillante piel, que se reflejaba como el reprimido deseo de quienes habitan la oscuridad.
-¡Hola! ¿Quien eres tú?
Él sabía que era un mendigo con el que álguien decidió jugar nuevamente y que puede lastimarla. No está acostumbrado a tratar a la gente con ternura; tantos años de cargar bolsas y cruces, de pelear en la calle y en su mente, y de cortarse las venas mil veces, han ajado su espíritu de tal forma que no puede sentir.
Dio media vuelta dispuesto a marcharse.
-¡Deténte! No puedes dejarme aquí, soy un producto de tu mente, y por lo tanto solo tú puedes poseerme, hacerme feliz…
-¿Hacerte feliz?

Él sabe que no puede hacer feliz a nadie. Solo le enseñaron a odiar, a mentir, a llorar…
-…a soñar, a imaginar…
-¡Mentira! -respondió. Luego se volteó y casi desesperado se acercó a la cama. Solo para ella esas son virtudes. Para él son un eterno castigo, una celda donde sucios dragones escupen sus mandamientos. Poder imaginar y poder soñar lo llevaron a nadar entre las lágrimas de los fantasmas de su pasado, a apuñalar pobres mentes estrechas, a abandonar lugares donde el sol brillaba.
-No te sientas culpable, no eres el único, solo eres un deseo más cumplido por la sociedad.
-¡¿Cómo?!


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La pizzería estaba desolada. Una muchacha de unos treinta y pico hablaba por teléfono apoyada en el mostrador.
-¡Hola! ¿El Señor Raggini?- interrumpió, tímidamente, una voz.
-No está ¿En que te puedo ayudar?
-Venía por el empleo.
-Ah. Sentate que ya estoy con vos.
El mendigo se sentó.

II
El sol amarraba sus recuerdos y sus promesas, los amarraba al polvoriento camino que la llevaría a no extrañar a sus muertos. Su rubia cabellera enmarcaba un bello rostro celestial, iluminado por dos almendras andariegas; su sonrisa era la puerta a los sueños enterrados tras ella; su voz solo era hipnótica. Ella era la dulzura, el amor y cientos de lágrimas contenidas; sin embargo, todos deseaban solo su cuerpo.
-¡¡Hola!!!- gritó al ver la opaca figura del mendigo.
Él intentó una sonrisa. Ella abrazó a ese ente despreciado por el resto de los seres vivos; era su Pollyanna, y nada más le importaba, ni siquiera que él no le respondiera su afectuoso abrazo (no sabía que él temía herir de manera alguna tanta dulzura mezclada con sensualidad y su endemoniada belleza).
-Hola Azul.

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Buenos Aires de noche está en guerra. Cientos de guerreros patrullan el asfalto. Otros, esclavos renegados, se ocultan tras su imaginación.
-¡Documentos, por favor!-dijo el gorgo.
-No tenemos.
-¿No tienen? Entonces me van a tener que acompañar.

San Martín aplaudió y Borges comenzó a escribir. Roca violó una mapuche y Luna dejó de hablar. Belgrano se limpió el culo con la bandera y Rega caminó hasta Ayacucho street.

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El viejo caminaba entre las tumbas de sus amigos, dejando flamantes rosas rojas en cada una. Acariciaba su barba rancia, al compás del rengueo y el susurro del largo sobretodo arrastrándose por el suelo empedrado.
-¿De que sirve que haya sobrevivido 84 años si el dolor que me produce haber perdido a mis amigos es tan grande y profundo?
Él sufría. Había perdido hasta a sus enemigos. No tenía a quién defender ni de quién defenderse. Su existencia era una vaga mezcla de lagunas mentales, píldoras para dormir, tabaco barato e inyeccciones de morfina. Sus pulmones descartables ya pedían ser desechados. Él era un paria. Él era un paria pues no había pactado con el diablo, como sus amigos, quienes sonreían desde mausoleos proletarios. La había sacado barata. Fue entonces que sonrió.
- ¿Usted es el famoso?-le preguntó alguna sombra.
-Sí.
-¿No se arrepiente de no haberlo hecho?

El viejo volvió a sonreír. El sol terminó de ocultarse.
III
El teatro de los sueños se elevaba sobre las derruidas construcciones aparcadas en la mente del mendigo, donde el resto de la humanidad jugaba a ser algo que satisfaga sus egos. Una noche más, alguien golpeó su puerta.
- Disculpe, ¿es aquí donde regalan sueños? - preguntó una joven.
-¿Estás segura de que los quieres?
Él dudaba si ella había caído lo suficiente como para entender lo que allí se regalaba. Sacó la traba de la puerta y, dejándose ver envuelto en una larga toga lila, pronunció las palabras que la muchacha oiría en sus noches para siempre:- No amerítas gozar de un pedazo de nuestro teatro. Tus caídas son solo vulgares falacias de quiénes nosotros despreciamos.
-¡Por favor! Déjeme entrar
-rogó lagrimeando- Me di cuenta que, encerrada allí abajo, desfiguro la esencia del ser .
No alcanza. Necesita el coraje para romper con todo lo que, por años, fue; lo que, por años, habitó dentro de su cabeza. Esa joven pedía demasiado. Él cerró la puerta. Ella insistió. Cansado, volvió a abrirle pero, ésta vez, desnudo.
-¿Y mi alma?¿ y mi espíritu? Cientos de veces les oí decir que son más importantes que la razón misma; que ellos enaltecen la posibilidad innata del ser de superarse y de dejar de lado la lógica formal.
Él dudaba si ella estaba dispuesta a corroer su cuerpo, a esculpir su cerebro, a llenar su esencia en una mística conexión con el Cosmos. Se lo preguntó. Ella calló por unos largos minutos. Luego cayó de rodillas y exclamó:-No es justo que no pueda recibir tu regalo. Mi realidad es un laberinto, por eso renuncio a todo...
-¡¿No es justo?! Tú no entiendes lo que es la justicia...
La lluvia selló sus labios. Entonces tan solo atinó a tomarla del brazo y empujarla, toscamente, hacia el interior del teatro. Unos demonios aspiraron una línea más.

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El Señor paseaba inquieto por el jardín de su suntuoso castillo, pobre reflejo de su cárcel mental. Caminaba pensativo buscando entre las rosas cultivadas por él mismo alguna razón que le permita escudriñar dentro de su corazón, escudriñar una llave al paraíso.
-¿Cómo podré salir de mi prisión si el responsable de ella es mi propio cráneo extenuado?
Él dudaba que alguien osara extenderle la mano, él sabía que ignoró por años los lastimosos quejidos moribundos de cientos de esclavos asalariados. Ahora ya era tarde. Los esclavos marchan -llenos de ira- hacia su castillo, convencidos de que solo derrumbándolo conseguirán su libertad.
IV
Las estrellas palpitaban de dolor, los grillos rugían por ignorancia, y las tres jovenzuelas bailaban enloquecidas al ritmo de los lasers, fieles guardianes de esplendoroso diván. Ellas reían, reían y esperaban -junto a la barra de la mentira- a algún osado modelo que las invitara a tomar algo.
-¿Quieren llegar?- les preguntó el mendigo.
-!Cómo no! Así nunca pararemos de bailar.
El mendigo dió media vuelta rumbo a la puerta. Ellas salieron de su realidad. Afuera, donde todavía los grillos se revolcaban en sus valores, subieron a la vieja Chevy y partieron tras el tiempo, atravesando luces, pueblos y bebidas de salón. Ya en la habitación de algún lejano motel el mendigo habló:- Desnúdense y ámense.
-¡¿Qué?! ¡No! Nuestros valores nos lo prohiben.
-Pero... ¿Quieren llegar o no?

Ellas se miraron y -temerosas- se desvistieron una a la otra. Empezaron a besarse, a acariciarse los pechos, que, poco a poco, fueron erguiéndose. Exploraron cada rincón de sus cuerpos. Estaban excitadas como nunca lo habían estado. Él, sentado en un sillón floreado y hediondo, sonreía con ironía, disfrutando tal espectáculo.
-Vengan.
Ellas se acercaron. Él encendió un cigarrillo de marihuana y les ofreció. Dudaron. No sabían si era correcto.
-¡¿Acaso no crees que está bien?!
-Nuestros valores...
-Quedaron afuera.

La más desinhibida de ellas tomó el cigarrillo. Aspiró una larga pitada y luego tosió. Se lo pasó a su compañera justo antes de hablar.
-¿Tú quién eres?
-Soy el padre Antonio, así que si quieres, luego te confieso-
contestó bajándose el cierre de los pantalones.
Alguien afuera dejó escapar una carcajada.

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El ronco locutor de radio intentaba alertar sobre los riesgos de la contaminación en el planeta. Promocionaba una verde paz asustada por el inminente fin. Rogaba juntar latas y no usar aerosoles. Ojo la capa de ozono.
-Aportando cada uno su granito de arena podremos tener un mundo mejor...- gritó sugestionado por el ruido de un convoy de las empresas Muggio, que alegres talaban Suiza anualmente. Ya cansado, dio paso a sus anunciantes.
-¡¿Te hace falta ropa?¡¿ Querés ser más piola?! Usá remeras “Poronga” de Muggio s.a..
Desde lejos, acostado en alguna plaza, el mendigo sonrió.
V
El juglar seguía tocando incansablemente, a pesar de que su alrededor era ya solo un desierto de piedras y arena. Cada sonido retumbaba en la nada y el calor intentaba abatir su cuerpo delgado.
-¿Por que sigues tocando si nadie te escucha?- le preguntó intrigado el mendigo, disfrazado de oruga.
- No toco para los demás sino para mí- respondió sin detener su arte.
-¿Pero acaso tú no eres el Juglar de las siete regiones de la mente? Un juglar canta, toca o baila solo por dinero, no por placer.
- Mi dinero es el placer de sentirme capaz de tocar a pesar de las paredes (mentales) destruidas por el terrible castigo que es vivir entre la mediocridad.
-¿Quién eres tú para acusar al resto de mediocres?

Él no quiso contestarle, pero mentalmente repitió su respuesta. Él es un mediocre que se desprecia a si mismo, que noche tras noche quiere cortarse las venas pero es cobarde, tan cobarde que decidió navegar entre la vida y la muerte blasfemando contra ambos. Sufría más, una agonía interminable que devoraba su autoestima y vomitaba sus entrañas. Él creía que no estar vivo ni muerto, o sea, ser una versión mediocre de ambas, le da el poder de reírse del que diga que ama la vida y le teme a al muerte, o viceversa; es el todo y la nada, el alfa y el omega, el espacio y el vacío...
El mendigo, leyendo sus pensamientos dijo:- Muchos decimos lo mismo: los locos, los mendigos, los travestis, los filósofos, los promiscuos, los progresistas, los drogadictos...
El juglar paró de tocar, encendió un cigarrillo rubio y pensó nuevas melodías en donde fraccionar sentimientos, angustias y esperanzas. Sin embargo amaneció.

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-¿Quién es el de la foto?
-Marx.
-¿Groucho?¿Harpo?¿Chico?¿ Zeppo?
-No, Carlos.
-¿Un cantante de reggae?


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-Vacías mentes, vacíos seres- dijo el juez.
-¡No! Es solo un prejuicio moral.
-La ley del sentido común lo dice: “Si te drogaseis eres malo, eres pobre, eres negro, eres irracional...”

El mendigo observó entonces como “Su señoría” amagaba a eructar frenéticamente y maquillaba el borde de su mirada con cierta ironía.
-¡Qué loco!¿no? ¡¿Y este tiene el tupé de juzgarme?!
VI
La noche blasfemaba iracunda y el humus de los cadáveres se esparcía por el asfalto cuando un caro carro Mercedes se detuvo frente a ella.
-¿Cuanto te llamas?
-Ochenta completita.

El plástico conductor del coche fregó su nariz con su mano, le incomodaba. Luego encendió un habano y dijo:- Muy caro.¿ Estás operado?
-No.¿Para que preguntas si a vos te gusta que te cojan?
El travesti siempre decía que no. Quería repetir su discurso. Quería decir que todavía se resistía a acceder a bajas imágenes de gordos cocainómanos reprimidos, quienes no pueden aceptar, morbosamente y a la luz del día, su condición de bisexualidad.
-¡¿Qué?! ¡Puto de mierda! ¿Cómo te atreves a hablarme asi? ¡Degenerado!
-Quizás sí., porque sufro en mi prisión, sufro el tener que habitar en un cuerpo opuesto a mi esencia. Soy una degeneración de la razón de viejos filósofos judeo cristianos.
El desconocido conocido pisó su acelerador y marchó rápidamente, dejando tras de si al condenado y a sus propias contradicciones. Huyó.

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El sol ya había subido a su trono y los pajaritos cantaban sin razón. Un poco de rocío humedecía al doce gótico. El mendigo soñaba frente a ella. Sus besos levantaban la morada de las insaciables.
-Déjame amarte, regalarte mi luz..
-No se si debo. Somos diferentes.
-Ya lo sé, pero debo tenerte. Quiero mofarme de tí con mis amigos.

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El viento azotaba las ventanas de la vieja casona, donde el Señor lloraba por su futuro próximo. Sentado en el sofá pensaba que injusticia se acercaba, que cómo van a querer robarle lo que le dieron años de trabajo:- ¡¿Por qué me quieren robar?!
Fue entonces que el sirviente lo interrumpió de sus pensamientos: - Señor, usted explotó a cientos de trabajadores durante muchos años. Vivía entre lujos mientras ellos llenos de miseria. ¡Es hora de que rinda cuentas!
El Señor se levantó de su sofá y camino hacia la barra, se sirvió una medida de whisky y luego encendió un habano para decir: - ¿Estás con ellos?
-Son mis hermanos.
-Pero...¿Que tienes que ver tú con los obreros de una fábrica, los oficinistas, los desocupados,
los estudiantes o los ladrones de gallinas?
-Vos.

A lo lejos se oyó una pared derrumbarse.
VII
Era de madrugada. El frío asimilaba sus huesos y las hojas rechinaban en el suelo, intentando escapar de sus pasos. Él, que aún buscaba esclavizar su cuerpo, marchaba sonámbulo al puesto de diarios, esperanzado de ganar algunas monedas para polenta, pall mall y pensión. Paso a paso repetía sus sueños, no quería olvidarlos.
Era de mañana. El frío asimilaba sus pensamientos y las hojas se escapaban de sus manos, intentando incorporar mentiras. Él , que por fin ya no sentía tanto frío gracias a la tibia estrella otoñal, miraba tildado la vereda de enfrente, donde imponente (o impotente) se alzaba la villa de emergencia. Sus ojos se perdían en la cancha de tierra, con sus arcos de madera podrida y la fragancia de un puñado de niños mocosos y raídos pateando una vieja pelota de goma (¿esa de rayas finitas? Sí, esa). Detrás, como un horizonte de grises y rojos, las pequeñas casillas marcaban el tiempo; susurrando entre el polvo, unas bicicletas nuevas, algunos autos oxidados y decenas de antenas de aluminio.
-¡Buenos días!, un Clarín por favor- le decían por enésima vez.
-Chau, gracias.
-¡Buenos días! ¿Que tal anda?
-Acá andamos.
-¿Me da un Popular?
-Sírvase, chau, gracias...
Levantó su vista y todavía seguía allí la villa, los mocosos y las decenas de antenas de aluminio; seguía allí, polvorosa, atemporal y mestiza.

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La tarde ahogaba la vieja casa mugrienta y hedionda. En una de las habitaciones una cama matrimonial albergaba un perro triste. Acurrucado miraba la nada imaginando el regreso del dueño. No soportaba el ruido del televisor del vecino. Temblaba levemente por algunos gramos de marihuana que alguna vez comió por error. Respiraba con dificultad.
Los sonidos lejanos lo alertan, lo hacen bajar al suelo. El calor era insoportable.; las pulgas, un insoportable castigo.

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El bar estaba desolado. Un muchacho de unos ventipico fumaba un cigarrillo sentado en la mesa más próxima al baño de caballeros.
-¡Hola! ¿el Señor Jorge?- interrumpió, tímidamente, una voz.
-No está. ¿En que te puedo ayudar?
-Venía por el empleo.
-Ah. Sentáte que ya estoy con vos.

El mendigo se sentó.
VIII
El brillante sol seguía al grupo de chicas adolescentes, quienes paseaban por la playa buscando un lugar limpio donde comprar agua mineral.
-Lo más importante es estudiar...
-Es estar en gracia con Dios ..
-¡Miren eso! ¿Qué es?

Las jóvenes miraron para donde el bullicio las llamaba. Centenares de trabajadores marchaban por la calle lateral de la playa. Incansables gritaban, agitando sus banderas y pancartas.
-¿Por qué hacen eso?
-Deben ser de Moyano..
-No. Mi papá dice que son comunistas., gente violenta y autoritaria.
-¡Uh! Son comunistas. Mi abuela, la que vino de Italia después de la segunda guerra, dice que quieren sacarnos todo. Están en contra de la propiedad privada .

Intrigadas, siguieron la columna con precaución. No vaya a ser que las violen pensó la más fea mientras acariciaba, disimuladamente, su vulva. Intrigadas.

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El humo dominaba todo el cuartucho, lleno de filósofos.
-Alguien dijo una vez: “Dime de que te mofas y te diré de que adoleces”
-¿Acuerdas con esa frase?
-¡Por supuesto! Nunca cito frases que no comparta.
-¿?


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Extraño se muestra el universo cuando las odas que nos regala el viento murmuran mensajes de locura y redención, argumentos de rutas desiertas, y rocas presidiendo vanas recetas de televisión.
-¡Pobre barrilete! Se ha roto por tus malditos hálitos de vergüenza.
En penumbras, el mendigo caminó triste hacia el salón donde varias geishas esperaban ser elegidas. Todos, desnudos, fumaban. La rubia tomó su pene y nadie soñó la desesperación. Otra se acercó, lo tomó del brazo y le enseñó como el atardecer se disgregaba. Entonces él dijo:- No importa el tiempo.
-¿Entonces te animás?

El color regresó impiadoso. El mendigo tan solo nadó entre las nubes y punteó su caudal subterráneo. El viscoso elixir entró en su ser.
-Fiebre.
Casi deja de respirar. Quién sabe quién le perdonó la vida. Los espíritus siempre callan.
IX
La pensión era una alteración temporal de los espíritus; sucia y antigua oprimía cualquier concepto de comodidad física o mental. Estaba dividida en siete cuartos y un pseudobaño que
-detenidos en el tiempo- albergaban malandras, escritores, prostitutas, tarotistas o universitarios. Enclavada en cualquier barrio porteño, su derruida fachada no llamaba la atención de casi ningún transeúnte. Era solo un largo pasillo donde se entremezclaban hojas secas, colillas de dudoso origen y profilácticos usados; para finalizar en el pequeño patio de baldosas rojas y blancas. A esto se le sumaban los ladrillos apilados anárquicamente por los rincones. El hedor que escapaba del baño le daba un ambiente apacible, solo interrumpido por el ladrido de un perro viejo, perro que alguien supo abandonar hace más de una década y que ahora -tembloroso- se acurruca junto a la puerta del dueño.
El dueño era un tano que llegó a la Argentina en los ‘50, huyendo de la justicia partizana. Grande, gordo, picado de viruela y con un gran mostacho cano; pasaba sus días echado en un sillón de mimbre.
-¡Ío stragna al Duce!- decía con frecuencia.
-¡¿Por qué, Don Salvatore?!- le preguntaba algún contertulio ocasional

-Con íl nu había robo ni mariggina, tutti lavorabamó... ¡Mi caro Italia era grandiosa!
-...mi caro Italia era grandiosa - repetía melancólico, extrañando aquellos años .

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El fuego devoraba insaciable centenares de libros, revistas y periódicos; apilados en alguna esquina de la ciudad capital. Decenas de cabezas de tortuga y comandos se apostaban junto camiones hidrantes, patrulleros y dunas blancos. El sagrado culto queria contener a obreros y estudiantes.
-¡Atrás subversivos! ¡No podrán salvar esta literatura sacrílega – le gritó el comisario a la muchedumbre.
Un profeta urbano entonces sentenció: -¡Por cada libro que quemes, Diez serán lo que se escribirán relatando la lucha de quienes los vengamos!. Luego, el comisario calló, encendió un cigarrillo y ordenó reprimir.

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La tienda estaba desolada. Una muchacha de unos trentipico completaba un crucigrama apoyada sobre el mostrador de madera tallada
-¡Hola! ¿el Señor Faggio?- interrumpió, tímidamente, una voz.
-No está. ¿En que te puedo ayudar?
-Venía por el empleo.
-Ah. Sentate que ya estoy con vos.
El mendigo se sentó.
X
El joven desocupado latía entre el hedor del hacinamiento mientras de fondo sus padres vomitaban chillidos de escasez y miseria. Él ya no soportaba su realidad, solo soñaba con poder alejarse -aunque sea un momento- de tantos recuerdos e ilusiones.
- Sí, borraré de las tabletas de mi memoria todo recuerdo trivial y vano, todas las sentencias de los libros, todas las ideas, todas las impresiones pasadas, que copiaron allí la juventud y la observación - se dijo a si mismo mientras entraba furtivamente al baño.
Cerró la puerta tras de si, se colocó frente al lavatorio y se miró en el espejo.
- No podeís, amigo, tomar de mí cosa alguna de que quiera yo con más gusto desprenderme ¡escepto mi vida! ¡escepto mi vida!
Abrió la canilla y con el clorado líquido intentó barrer de su rostro las heridas de su alma. Estaba cansado, agobiado por la ironía desdibujada en un haz de famélicos sentimientos encontrados, sin socializar ni explorar rincones de los cuerpos ajenos, excitados. Era quizás el momento de decidir que rocas eran parte de su simbiosis con la ignrancia humana. Era el momento de plantearse la necesidad de comenzar un nuevo juego para su espíritu.
-¡Be or not to be!¡That ’s the question!¿Qué es más levantado para el espíritu: Sufrir los golpes y dardos de la insultante fortuna, o tomar las armas contra un piélago de calamidades y, haciendoles frente, acabar con ellas?.
Cerró la canilla, salió lentamente del baño y caminó hasta el gran ventanal que daba a una calle interna de la villa; encendió un Fox y luego agitó su mano para apagar el fósforo.
-...O tomar las armas contra un piélago de calamidades y haciendoles frente, acabar con ellas?
Entonces el joven desocupado volvió al baño, y se afeitó magistralmente.

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-Yo tengo firmes valores.
-¡Guau!
-¡Guau!
-Si los valoras es porque no lo tienes...
-¿?

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La radio mostraba su realidad mientras el gorgo besaba el cuello de alguna secuaz solidaria. Anunciaban la carroza de su vasallo, esposado a la cumbre del repudio social.
-¡Estúpido!, el imbécil se dejó atrapar...
-..sí, pero por lo menos se olvidan de nosotros por un tiempo.
XI
Morfeo atraviesa el cuerpo del joven, pero éste se resiste a ser derrotado, su mente se resiste a ser derrotada. Quizás porque es conciente que si afloja, el temible dolor que apena su espíritu lo arrollará con un tren fuera de control, furioso y seductor. Él golpea y golpea su cabeza contra el armario lleno de fotografías de su pasado tormentoso, las cuáles lo persiguen adonde vaya. Ahora, enmohecido, se convence de la necesidad de quemarlas para así, secar su rostro ensangrentado.
-No debo cerrar mis ojos.
El joven se levanta y camina hacia donde está la vieja radio a transistores. Busca durante seis minutos alguna melodía que sea pesticida de sus tristezas, arcaicas para seres necrofílicos o necios defensores de de la farsa intelligetsia. Halla una.
-Necesito un cigarrillo.
El cigarrillo se enciende. Se va en una yumba hipnotica y exitante. Se diluye desesperado. Nadie entiende. Solo terminará ardiente, dibujando en la piel de su amante.

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El Crónica robaba su realidad de hospital. El gorgo herido leía la noticia de la que era protagonista y héroe . Su esposa cuidaba sus heridas.
-Cumplí mi deber. Agradezco la medalla y el ticket canasta.
La esposa pensó en las goteras de su casa de chapa. Agarró el flan que su marido tenía para desayunar y le tapó la boca.
-Callate...

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- Yo no tengo valores.
-¡Uh!
-¡Uh!
- No te daré la espalda nunca.
-¿?


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La oficina estaba desolada. Una mujer de unos cuarenta y pico se abanicaba con una
revista.
-Hola. ¿el Señor Márquez?- interrumpió una voz.
-Adelante. Allí está - contestó señalando a un hombre de cincuenta y pico, obeso, con camisa transpirada y un habano importado.
-¿Sí?
-Venía por el empleo.
-Lo siento. Ya no necesitamos más personal...
El mendigo sacó un revólver y disparo cuatro veces. Luego se sentó.

************************************************** fin